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PLUSVALÍA DE LO EMERGENTE Y AUTONOMÍA DE LO SUMERGENTE

Entendemos que el concepto “arte emergente” es utilizado para denominar la tipología de artistas que comienzan su “carrera”, implicando siempre una categorización que tiene que ver con “lo joven”. Más allá de referirnos al concepto, de modo que nos permita entendernos, hacemos un acercamiento crítico a este fenómeno porque envuelve diversas problemáticas. Por un lado, está el problema de la especulación a cambio de la cesión de la creatividad, libertad y tiempo por parte del artista, su eterno estado de precariedad e ilusión, y por otro, el valor agregado que se le atribuye a la producción joven. ¿Qué pasa si a los 50 años quieres empezar a hacer arte? ¿Estás obligado a exponer en bares? ¿Nadie te escribirá una nota de prensa? ¿Nadie comprará lo que produces? ¿Solo estarás en una antología “sub” si alguien hace un libro de “artistas sub-60”? ¿Nadie te dará una beca de creación porque ya has pasado el límite de edad? Parece que ya es demasiado tarde para ser taquillero.

Los procesos creativos tienen tiempos variables que en esta emergencia por emerger se pasan por alto. Por todo esto, hay muchos artistas que no les interesa en lo más mínimo pertenecer a la escena de los emergentes sino que por el contrario, prefieren ser sumergentes. Me refiero a grupos de artistas en los que la creatividad y el uso de herramientas del arte tienen un rol indispensable, pero no en la creación de obras, sino en la construcción y participación en procesos sociales. Estos artistas conforman comunidades, dejando de lado su individualidad, la creación de un sello personal y la lógica de la competencia, para formar parte de un cuerpo social que se sumerge en procesos creativos que apuntan a mejorar sus condiciones de vida y a alcanzar la autonomía. En estos grupos el trabajo se fundamenta en la interdependencia con otros, no entran en la tipología del “artista” que comienza o consagra su carrera, que forma parte de esa red centralizada de relaciones especulativas, sino que por el contrario, forman parte de una orgánica descentralizada y rizomática. Lo que emerge en este caso, son nuevas formas de organización y resistencia social, y lo más importante, a nuestro modo de ver, nuevas formas de vida.
Un buen ejemplo de este tipo de organizaciones es LabsurLab, al cual me refiero en el texto “Ecosistema Tropical 2.0 (Tercera parte)”, publicado anteriormente en esta revista. Desde este deseo de construir comunidad, no siempre se llegan a conformar organizaciones como tal, por lo cual también nos parece importante destacar otras instancias que están fuera de la lógica del arte emergente y que corresponden a espacios de encuentro y diálogo encabezados por grupos de artistas. Por ejemplo, en abril próximo se realizará en Brasil el I festival de Tecnoxamanismo. Tal como se explica en el sitio de financiamiento colectivo donde está albergado el encuentro: “este proyecto surge a partir de una red en internet de terráqueos metarecicleiros, submidiáticos, colectivos de arte, ruidocráticos, mecatrónicos, performers, mídia táticos, permacultores, grupos involucrados con tecnología y ecología, que están interesados en la lucha por la tierra”.

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